Debemos estar siempre atentos a nuestro punto débil, a fin de no abrir las puertas de nuestra vida a aquello que puede, de algún modo, contaminar nuestra fidelidad hacia Dios. No podemos negar que la fragilidad, de la cual san Pablo habla frecuentemente en sus cartas, es una realidad con la cual tenemos que convivir a lo largo de toda la vida. La atención, el aprendizaje del discernimiento y la aceptación serena y creativa de la propia fragilidad constituyen la clave para hacer de nuestras vidas y entorno un hábitat sano.